Clásicos sin filtros: El impacto del mundo antiguo

Clásicos sin filtros: El impacto del mundo antiguo
3.5
Creator: Mary Beard
Year: 2026
Genres: Ensayo
Editorial: Editorial Crítica
¿Qué tiene de emocionante un trozo de pan de hace 4.000 años? ¿O unas vasijas de pintura abandonadas durante la erupción de Pompeya? ¿Por qué deberíamos interesarnos por un pasado tan remoto? ¿Qué puede decirnos hoy? La vida, el arte y la literatura de la antigua Grecia y Roma no son un santuario intocable ni un club reservado a una minoría ilustrada. Tampoco son una colección de estatuas inmaculadas destinadas a la veneración. Son un territorio incómodo y fascinante a la vez. Nos obligan a cuestionar nuestras certezas, a enfrentarnos a la violencia y las contradicciones del mundo antiguo, y a mirar con otros ojos el presente.

Realmente pensaba que iba a ser un libro sobre curiosidades del mundo antiguo más que una reflexión sobre la importancia de la materia de estudios antiguos en general. Aún así, no me ha importado, ya que leer a Mary Beard es un gustazo. Me voy a por el siguiente («El Partenón»).

Notas

Aquí voy anotando cosas que me van rumiando tanto cuando estoy en plena obra como cuando la he terminado o hablo con otras personas.

Pulsa aquí para ver las notas (pueden contener spoilers)


Nota: los números que aparecen es la posición en el PocketBook con mi configuración.

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No estoy escribiendo un texto publicitario. No se puede reflexionar seriamente sobre los estudios clásicos sin afrontar su reputación de aliados del fascismo y el imperialismo, de ser un bastión de privilegio, explotación y exclusión social. ¿Quién es exactamente este «nosotros» al que

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también sentir cierto desagrado ante la idea de que Virgilio fuera financiado por el propio Augusto para crear una épica nacional, para celebrar los orígenes de Roma, su futuro poder y conquistas imperiales.

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Estas palabras resumen los dos temas principales del poema épico: la historia de Eneas (el/un hombre) en la primera mitad, cuando huye de Troya, experimenta toda clase de aventuras por todo el Mediterráneo, conoce a Dido y realiza el peligroso viaje al inframundo para visitar a los muertos; y la guerra en la segunda mitad, donde Eneas y sus seguidores luchan contra los pobladores de Italia para establecer allí su base de poder (como precursor de la propia Roma). Aquí, una vez más, el exceso de familiaridad puede menguar la sorpresa, porque dichas palabras constituyen también un tributo y a la vez un evidente desafío a la poesía griega de Homero:

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Por consiguiente, aquí Virgilio aseguraba haber traspasado lo impensable, no solo por haber creado su propia versión de la Ilíada y de la Odisea, sino por haberlas combinado en un único poema.

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Turno, un rey local y líder de la resistencia ante la llegada (en realidad invasión) de los troyanos.

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la Eneida ha perdurado tanto tiempo porque no es una épica simplemente nacionalista que ensalza un patriotismo poco complejo.

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de Los griegos y lo irracional («no me conmueven en absoluto […] es todo tan terriblemente racional»). Para Dodds, el resto del libro era su respuesta

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Por ejemplo, el historiador Tácito casi parece anticipar a George Orwell al poner de manifiesto lo mucho que se contamina el lenguaje bajo una autocracia, cómo en un régimen de engaños y halagos las palabras ya no significan lo que antes significaban. Pero Tácito no puede proporcionarnos ninguna solución.

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Antígona, la tragedia de Sófocles, refuerza este argumento.

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Admito que hay cierta circularidad aquí. De algún modo, aquellas preguntas siguen siendo nuestras por la sencilla razón, como insinuó Whitehead, de que en Occidente hemos adoptado muchas de ellas de los antiguos. Peor aún, puede que hayamos internalizado tanto aquella serie de preguntas que estamos ciegos ante preguntas muy diferentes y distintas formas de argumentación que hay en otras culturas, o no conseguimos tomárnoslas en serio. Lo mismo ocurre con la estética: el hoy asumido repertorio de las Venus ha establecido un estándar occidental para la representación del cuerpo femenino al que otras culturas simplemente «no logran» ajustarse. No

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solipsismo rayano

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Ilíada y a la Odisea.

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¿Qué efecto tiene el extremismo sobre nosotros? ¿Acaso puede haber algún espacio para el observador inocente y no involucrado?

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épicas. Me impresiona, por ejemplo, la desfachatez del autor de la Ilíada, que plasmó la prolongada guerra de diez años entre griegos y troyanos en torno a la ciudad de Troya («Ilion», de ahí el título) centrando la atención en los acontecimientos dramáticos de unas pocas semanas dentro de dicha década. Esto parece más propio del estilo de un novelista posmoderno que de alguien que compuso en los albores de la literatura. También me asombra la hábil complejidad del argumento de la Odisea, que entrelaza la historia del largo retorno de Odiseo de la guerra de Troya y las aventuras que vive por el camino con lo que estaba sucediendo en casa mientras su esposa Penélope aguardaba su regreso y su hijo Telémaco se hacía hombre.

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(los «símiles homéricos», como se los conoce). Encontramos defensas militares destruidas con la misma facilidad con que un niño destroza su propio castillo de arena en la playa; a un guerrero afligido comparado con una niña pequeña llorosa tirando del vestido de su madre para que la coja en brazos; y Ulises dando vueltas sin parar en la cama a causa de sus dilemas es comparado magistralmente con una morcilla negra («un estómago relleno con manteca y sangre») dando vueltas y asándose en un espetón.

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La Ilíada, como primer poema occidental de guerra (en realidad, el primer poema occidental sin más), ya se cuestiona la moralidad de la guerra. La Odisea, de la misma manera que siglos después se repite en la Eneida, cuestiona también de forma recurrente la conducta de su héroe. ¿Cómo se puede juzgar, por ejemplo, a un líder que consigue regresar con su familia, pero solo después de perder a todos sus hombres? ¿Qué clase de heroísmo es ese? O, cuando Ulises ensarta brutalmente el único ojo de un gigante caníbal cuya casa ha invadido, ¿cómo decidimos en qué bando estamos? Como ya se preguntaban los lectores del mundo antiguo, ¿nos alineamos con el caníbal o con el intruso que ha irrumpido en su mundo sin permiso y sin ser invitado? ¿Estamos seguros de dónde se encuentra la frontera entre la «civilización» y la «barbarie»? No pretendo con ello decir que se trate de literatura subversiva. Todo lo contrario. No hay ningún mensaje contracultural sistemático. No obstante, estos poemas ya se plantean preguntas incómodas sobre cosas incómodas y se niegan decididamente a dar por sentados sus propios valores culturales.

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¿Realmente vivía la gente tal como la vemos en la Odisea?

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uno de los placeres más deliciosamente incómodos de la literatura clásica es que no proporciona lugar donde esconderse ni hay posibilidad alguna de evitar los fragmentos difíciles y posiblemente penosos: desde la violación y el incesto hasta el abuso y asesinato infantil; desde Medea matando a sus hijos o Antígona dándose muerte hasta Edipo casándose con su madre o, en la más desconcertante de las historias jamás contadas, Filomela violada por su cuñado, que a continuación le cortó la lengua a la víctima para evitar que lo incriminase. Ninguna cuidadosa selección, ninguna purga, ninguna advertencia de contenido podrá ofrecer jamás un recorrido fácil y libre de confrontaciones. Si uno quiere los clásicos, tendrá que asumir también los temas perturbadores, y se perderá mucho si no se pregunta qué significan para uno mismo. Es como mirar a los ojos a nuestros demonios.

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Si uno quiere los clásicos, tendrá que asumir también los temas perturbadores, y se perderá mucho si no se pregunta qué significan para uno mismo. Es como mirar a los ojos a nuestros demonios.

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La palabra «democracia» sí viene del griego (demokratia o «poder del pueblo»), eso es seguro. «Filosofía» y «teatro» también son términos procedentes del griego («amor a la sabiduría» y «lugar para mirar»), como

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«milagro griego»,

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espacio. Imaginar que no hubo ningún otro ejemplo de este poder compartido en ningún otro sitio del mundo antes de que los ingeniosos griegos antiguos dieran con la idea y le pusieran nombre es, para expresarlo generosamente, un terrible caso de estrechez de miras.

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«Hace dos mil años el mayor orgullo era decir: “Soy ciudadano romano”. Hoy, creo, en 1962, el mayor orgullo es decir: “Soy ciudadano de los Estados Unidos”.

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Era otra versión de los Estados Unidos como la nueva Roma.

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En otra ocasión, Bianchi Bandinelli tuvo que mediar entre Mussolini, que aseguraba erróneamente que todos los arquitectos antiguos eran anónimos, y Hitler, que sabía más (citando a Vitruvio entre otros). Y todo esto en un escenario de banalidades domésticas que hacían que la autocracia fuera escalofriante: todo puede parecer corriente, pero por supuesto no lo es.

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Este tipo de cosas se remonta a mucho antes de Mussolini. Algunos de los imperialistas británicos más agresivos de los siglos XVIII y XIX encontraron un lenguaje, y una justificación, para sus propias ambiciones en los imperios antiguos.

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En la actualidad aparece en los carteles de la extrema derecha alternativa.

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Por ejemplo, muchos de los que defienden la arquitectura clásica en las ciudades contemporáneas («la tropa de las columnas», como yo los llamo), desde el rey Carlos III hasta el presidente Trump, lo hacen precisamente porque, sin lugar a dudas, no es moderna, porque no solo rezuma belleza, a su modo de ver, sino también la autoridad del pasado clásico. En general, quienes con más entusiasmo han enarbolado la bandera de los clásicos suelen aparecer más en la piel de un Palmerston o un Boris Johnson que en la de un joven John F. Kennedy o, puestos a ello, en la mía. Cierren los ojos e imaginen a un clasicista. Es mucho más probable que sea un venerable hombre blanco trajeado que un disidente, un luchador radical por la libertad, una persona de color o incluso una mujer.

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los fasces 150 años antes de que Mussolini se apoderara

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Recientemente, estas voces radicales han quedado sofocadas por el ruido de quienes reivindican los símbolos de Grecia y Roma para la extrema derecha. También han quedado ahogadas por el ruido ensordecedor de los pertenecientes a la «tropa de quemarlo todo», que, al denunciar la apropiación de los clásicos por parte de racistas, fascistas, imperialistas y demás, les dan aún más visibilidad. Sin embargo, uno se pierde un montón de cosas acerca del papel de los clásicos en el mundo moderno si no presta también atención a sus aspectos radicales.

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El tema de la tesis doctoral de Marx era, después de todo, la obra del antiguo filósofo griego Epicuro. Los compañeros activistas negros de Angela Davis, Eldridge Cleaver y Bobby Seale, dedicaron mucho tiempo a la filosofía platónica. ¡Ojalá hubiera sabido esto a comienzos de la década de 1970!

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Evidentemente, la profesora que hay en mí se manifiesta cuando veo que el mundo antiguo se interpreta de modo erróneo para apoyar causas envenenadas (las viejas costumbres nunca mueren). Me encanta restregarle en la cara a cualquier racista empedernido el hecho de que gran parte de las esculturas antiguas originalmente no eran blancas en absoluto. Animo a artistas como Beyoncé y JayZ (The Carters), cuyo vídeo musical Apeshit, filmado en el Louvre en 2018, y visto casi 300 millones de veces en YouTube, hace alegremente la peineta a la mítica «pureza» de la escultura clásica introduciendo cantantes y bailarines blancos y negros en el centro del escenario junto a clásicos de mármol blanco como la «Venus de Milo». No está en mi lista de favoritos, pero bien merece un vistazo, y probablemente ha hecho que más personas reconsideren estas obras de arte que todos nosotros juntos. (Si se prefiere una opción más sosegada, las pinturas de Harmonia Rosales, una artista contemporánea estadounidense afrocubana, desempeñan una función cultural semejante: eclipsan a las Venus blancas y las representan como diosas negras.)
En ocasiones me meto en aprietos. En 2017, por ejemplo, me encontré en mitad de una desagradable pelea en las redes sociales. Se trataba de otro tema racista. Yo había defendido unos dibujos animados educativos para niños en la BBC, que estaban siendo atacados por representar a una persona de color como funcionario de alto rango de la Britania romana. No sabemos quién se suponía que era el personaje (después de todo eran dibujos infantiles). Pero sin lugar a dudas, entre los romanos que estaban en Britania había hombres y mujeres que no eran blancos, aunque se desconoce el número exacto. No tengo la menor idea de a cuánta gente de la red logré convencer de este hecho. Me temo que a pocos de los guerreros del teclado de línea dura, cuyas respuestas iban de la predecible «locura de la corrección política» hasta la clase de racismo que no se puede publicar. Y eso a pesar de que mi propio departamento de la universidad colgó información en su página web apuntando a la evidencia de la diversidad en la provincia y a pesar de mis exasperadas réplicas en la línea de «Espera. ¿Quién es aquí la catedrática de clásicas?».
He de admitir que, desde la perspectiva de mis siete décadas, no me enfado tanto como me enfadaba ante algunos de los evidentes malos usos del pasado distante; soy menos intransigente, quizás. Al final, la gente tiene derecho a equivocarse sobre el mundo antiguo. No me corresponde a mí imponer los términos en que los demás pueden, o no, interactuar con él. Señalaré los errores cuando los vea y pondré el foco en las falsedades tendenciosas y las condenaré, pero los griegos y los romanos no son de mi propiedad. Y hemos de situar estas tergiversaciones y distorsiones en su contexto. Para afirmar lo obvio y evidente: por más que aborrezcamos el fascismo y el racismo, a nadie se le ocurre que la tergiversación del mundo clásico sea uno de los delitos más graves cometidos por los fascistas y racistas. Siento algo parecido en relación con el «milagro griego». Esta clase de admiración miope por la Antigüedad clásica distorsiona los hechos, elige lo que le conviene del pasado y estropea gran parte de la emoción que los

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0. Nacimiento de Oshun (2017), de Harmonia Rosales.

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La tropa de las columnas

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La expansión territorial británica no fue una continuación de la geopolítica de Roma, sino una inversión total de la misma por parte de lo que había sido la provincia romana más marginal y asombrosamente fallida (el Afganistán de Roma, a falta de mejor comparación).
Los creadores

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vínculos del Imperio británico con el Imperio roma

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Sin embargo, MacNeice está remachando la conexión entre el latín y el griego y la clase. En Gran Bretaña, argumenta, el estatus de élite (por no mencionar las lucrativas carreras de Derecho y en el ejército) quedaba garantizado mediante el aprendizaje de estas lenguas «incontrovertiblemente muertas», que, en un principio, solo los ricos y los pijos podían permitirse estudiar, mientras

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Este es precisamente uno de los temas del Diario de otoño de Louis MacNeice. Unas páginas después de haber evocado a todos aquellos maravillosos habitantes corrientes del mundo antiguo («los sinvergüenzas, los aventureros, los oportunistas»), reflexiona sobre su propia experiencia en el estudio del latín y el griego en un internado privado (Marlborough) y en Oxford (Merton College). Presenta las lenguas clásicas como armas de la moderna jerarquía social y a la vez como puerta de acceso al mundo antiguo, actuando como policías del privilegio, la clase y la exclusión social. Nada de gente corriente aquí:

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Quedan pocas de esas ventajas injustas, prácticas y sociales, pero el hecho es que el latín y el griego siguen siendo símbolos de privilegio y, desde luego, no están al alcance de todos. No es casualidad que incluso en el siglo XXI, en Gran Bretaña y en otros lugares, el hecho de que los políticos de élite citen fragmentos de poesía antigua puede ser suficiente para encender pequeñas hogueras de lucha de clases. A lo largo de los dos últimos siglos, por lo menos hasta la década de 1960, las lenguas antiguas funcionaban como guardianes de los privilegios, franqueando el paso a hombres como MacNeice y Molesworth y negándoselo a las mujeres, a la clase obrera y a la gente de color. Para simplificar un poco la historia, cuando el latín dejó de ser la lingua franca de la vida intelectual y científica en Europa a partir de finales del siglo XVIII, gradualmente fue reconvertido en asignatura de exámenes académicos y en una útil herramienta de exclusión social.
No se trataba

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Gran Bretaña había una gran tradición decimonónica de «autodidactas» en la clase obrera:

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condescendencia). Y, a ambos lados del Atlántico, las mujeres que aprendieron latín y griego en casa o en el instituto se convirtieron en activas traductoras de tragedias griegas. Todavía se conserva el ejemplar de Virginia

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En los Estados Unidos, la historia de Alexander Crummell subraya el racismo indisimulado que el latín y el griego podían fomentar. En la década de 1830, cuando era un joven sirviente negro, Crummell oyó lo que supuestamente había dicho un senador estadounidense, y anteriormente vicepresidente, John C. Calhoun, en una cena reciente. Fue algo en consonancia con lo del «Tucídides nubio» («¿Qué biblioteca alberga las obras de un Tucídides nubio? …»): solo si alguien le encontraba «un negro que conociese la sintaxis griega», insistió, «creería que los negros eran seres humanos y que deberían ser tratados como hombres». Sus palabras se han citado de formas diversas, con diferentes grados de vocabulario ofensivo, pero son un ejemplo extremo de la retorcida lógica que hizo del griego antiguo la piedra angular de la humanidad, permitiendo que tan solo quienes habían tenido el privilegio de aprenderlo fuesen considerados humanos.
Evidentemente, había

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sistema de acentos prosódicos colocados sobre las palabras del griego antiguo, que destacan en cualquier texto impreso moderno en esta lengua (fig. 25). Estos acentos eran casi desconocidos por los propios autores clásicos (Sófocles y Platón se habrían sentido tan desconcertados como la mayoría de nosotros y, obviamente, no los escribieron). Los inventaron, en gran medida, los eruditos bizantinos del siglo VII e. c., para indicar el énfasis o el tono en la pronunciación, junto con minúsculas distinciones de significado. Con ello proporcionaron una cómoda barrera adicional y totalmente artificial para los modernos estudiantes.

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Virginia Woolf escribió un ensayo en la década de 1920 sobre la fascinación que sentía por la lengua, cuyo título rezaba «Sobre no saber griego».

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los institutos masculinos más prestigiosos de Gran Bretaña se les enseñaba a «acentuar» el griego cuando escribían; en los institutos de chicas, no. El chiste ligeramente enrevesado, para nosotros, es que el «griego de una dama»

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Por esta razón, una serie de departamentos de clásicas en los Estados Unidos están cambiando su nombre por el de «estudios del mundo antiguo», el de «estudios de la antigua Grecia y Roma» o el más genérico de «estudios del Mediterráneo antiguo». De este modo se liberan de los classici y de sus connotaciones sociales (aunque creo que todavía conservan palabras como «clases», que tienen la misma derivación básica).

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No hay premio por descubrir las implicaciones de la palabra proletarius (literalmente, clase baja). Pero classicus y assiduus son también préstamos del vocabulario tradicional romano de riqueza y poder. Classicus fue utilizado originalmente para describir a la clase más rica de Roma, y el término assiduus no está muy apartado de nuestro «contribuyente de tramo alto». Parece como si los clásicos hubieran sido sorprendidos con las manos en la masa aquí. La primera vez que encontramos la palabra «clásicas» utilizada para referirse a la lengua y la literatura, casi dos milenios antes de las reflexiones de MacNeice, ya aparece relacionada con el estatus social, político y económico, y utiliza su vocabulario.

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El requisito quedó abolido en Cambridge en 1919, en Oxford en 1920.

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(cómo veían y entendían los antiguos el color azul es un tema notoria

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Crock (e indirectamente a través de Louis MacNeice y Nigel Molesworth): una asignatura profundamente conservadora, incluso reaccionaria, que ha permanecido intacta durante dos siglos.

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Egipto sería un buen ejemplo. Era una importante provincia del Imperio romano y ha sido rastreado en busca de papiros documentales en griego y en latín que terminaron allí en la papelera. (Ya conocimos en el capítulo 1 a Bernard Grenfell y a Arthur Hunt, que buscaban antiguos recibos de impuestos y obras teatrales perdidas.

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mundial, desde América hasta el Indo? Asimismo, ¿por qué segregar la poesía «clásica» de Grecia y Roma de los «clásicos» antiguos de otras culturas? ¿No se ganaría más, por ejemplo, estudiando la épica griega de Homero junto con la epopeya mesopotámica de Gilgamesh, compuesta mil años antes?

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preguntó: «¿Podemos aprender del pasado?». Como era de esperar, vacilé, argumentando quizás con más extensión de la necesaria que el pasado nos proporcionaba una forma poderosamente distinta de comprendernos a nosotros mismos, mientras trataba (con la misma extensión) de restar importancia a la idea de que hubiera mensajes directos que pudiéramos extraer y aplicar. El otro ponente solo dijo: «Bueno, no tenemos nada más de lo que aprender, ¿no es así?». Sigo prefiriendo mi primera respuesta (es lo que creo), pero mis vacilaciones quedaron expuestas por su simple y escueta respuesta.
Si todo esto hace que mi

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es estar en un aula en la Sudáfrica del apartheid con mis estudiantes negros y blancos […] y podíamos debatir sobre la esclavitud porque el mundo antiguo estaba tan lejos, en el tiempo y en el espacio, de las personas que ocupaban el aula que nos encontrábamos en igualdad de condiciones. Y eso me lo llevaré a la tumba como justificación de por qué hacemos lo que hacemos.»

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Y lo mismo ocurre con las demás materias. Pero una de las fuerzas prácticas ocultas en el currículum es precisamente esta lejanía de los antiguos.

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El simple hecho de que los clásicos no pertenezcan a ninguno de nosotros los convierte en un espacio seguro en el que debatir sobre los temas más candentes a los que hoy nos enfrentamos, desde la raza hasta la violencia sexual y la identidad de género.
Esto va

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El estudio de las mujeres en el mundo antiguo, por ejemplo, está surgiendo porque, más allá de los versos de Louis MacNeice, en las décadas de 1960 y 1970 algunas mujeres se molestaron en recordar a sus colegas varones que también ellas habían existido en las antiguas Grecia y Roma.

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«Te enseña a leer cosas difíciles».

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«las clásicas enseñan a argumentar responsablemente con pruebas insuficientes» (la historia antigua exige siempre que nos enfrentemos a las lagunas que hay en lo que sabemos y que elaboremos una buena defensa); y «las clásicas enseñan a debatir constructivamente temas para los que no hay respuestas correctas o ni siquiera respuestas en el sentido habitual de la palabra» (la calidad de la poesía de Virgilio o los orígenes de Roma).
No son la clase de

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«griego de una dama».

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Curtis Dozier en The White Pedestal: How White Nationalists Use Ancient Greece and Rome to Justify Hate (Yale UP, 2026).

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El encuentro formativo de Le Corbusier con el Partenón está descrito en su diario de viajes, Journey to the East, editado por Ivan Zaknic (MIT Press, 2007). [Hay trad. cast.: El viaje a Oriente, Laertes, Barcelona, 2005.]

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la filosofía eran Moses Finley y Gwil Owen. Mi compañero ponente en los debates sobre el uso de la historia era Antonio Muñoz Molina (en parte improvisando a partir de la frase de Tom Stoppard «palabras, palabras, son todo lo que tenemos para seguir adelante» de Rosencrantz y Guildenstern han muerto). Kathleen Coleman habló enérgicamente sobre la enseñanza de las clásicas en Sudáfrica (su intervención está al final de este vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=Lv0Uf9qMWRs). Pat Easterling, la primera mujer catedrática regia de griego en Cambridge, fue la que habló de leer cosas difíciles.

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